La Republica / SIXTO SEGUIL, ARTISTA DEL MATE BURILADO.

¿SI USTED TUVIERA QUE PINTAR UN MATE CON SU VIDA, ¿QUÉ DIBUJARÍA?

Ah, haría la historia de la familia Seguil: lo que hizo Sixto Seguil, y la vida y el recuerdo de doña Apolonia, mi madre, de sus padres y, por qué no, de mi bisabuelo, que tengo en la memoria.    

 

¿Y CÓMO COMENZÓ A BURILAR EL MATE?

Yo sentí ganas de trabajar en mate desde que estaba en gestación. Mi madre me llevaba a la feria cuando era un bebecito. Decía:  voy con mi hijo a Huancayo, porque a veces los turistas me dan un poco de propina. Y cuando ya estaba en transición (equivalente al kínder), yo  ya tenía que cuidar el cuy, las ovejas…  

 

¿CUÁL FUE SU PRIMER TRABAJO EN MATE?

En dos partes le cuento: una vez, mi mamá me llevó a Huancayo, había un semáforo y los policías subían una escalera  para cambiar las luces. Otro día, mi profesora nos dijo: van a hacer un trabajo manual en tabla, en palos, en ichu, no importa. Y yo lo hice en un mate. Dibujé el semáforo, mis ovejas, las aves, las montañas con su pico, un indio  tocando su quena con sus llamas…  

 

¿CÓMO LE ENSEÑABA SU MADRE?

Ah, para aprender, primero, ayudábamos. No se va al dibujo primero, sino a sacar, con una herramienta, todos los calados, las partecitas blancas, sin pasarse de las rayas. Y no lo hacíamos ahí sentados, sino pastoreando. Mi madre tenía diez o veinte ovejas.

 

¿Y USTED ERA MUY NIÑO?

Ya adolescente, más o menos ocho, nueve años. Pero al verme trabajar el mate, por la posición, los otros me decían: ¡oye, muchacho, qué estás haciendo ahí, estás buscando tu piojo!  Era como una burla. Por eso le decía: mamá, yo quiero trabajar en una hacienda.

 

¿Y TRABAJÓ EN LA HACIENDA?

A ver anda prueba, me dijo y mi primo me llevó a una hacienda dos días. Al tercer día, mi mamá me dijo: no, hijo, no vas a trabajar ahí, sino aquí, y vamos a vender en la feria. Entonces, yo tenía que ayudar escondiéndome, porque siempre molestaban los pobladores. A los que hacíamos mate nos decían “matipintay”. Es el nombre del oficio. Ahora se ha cambiado por mate burilado.

 

¿QUÉ MÁS HA CAMBIADO DESDE ENTONCES?  

Yo me recuerdo de niño, agarrado de la pollera de mi madre por las calles de Huancayo. Mi mamá en una manta ponía los mates y se paraba en una tienda y decía: señor, señorita, le vendo este trabajo para costurero.  ¿Y a cuándo vendíamos? 50, 20 céntimos. Ni siquiera a un sol.

 

¿Y CÓMO LLEGA USTED A LIMA?

Vine a los 12 años, con mi tío. Él vendía por Callao, por Lima, pero no nos permitían que andemos por la calle principal de La Colmena. Es que mi tío andaba con su talega y nos decían: ¡los cholos que están andando en la ciudad!

 

¿Y CUÁNDO SE VINO YA A VIVIR A LIMA?  

En el 67, oficialmente  invitado para exponer en el Parque de las Leyendas que recién se inauguraba. Fueron invitados artesanos de muchas partes y para eso ya mi madre había sido reconocida como artista en el 64 y yo también. Vine por un mes a exhibir nuestras obras 

 

 ¿Y ALLÍ SE QUEDÓ DEFINITIVAMENTE?

Sí, nosotros no íbamos a quedarnos, pero algunos amigos de Cusco, también artesanos consagrados, me dijeron: Sixto, eres joven, 22 años, no te regreses, porque acá vendemos nuestro trabajo directamente al público.  Si no, siempre nos van a robar los intermediarios. Y nos quedamos. En el piso vendíamos.

 

¿CUÁL HA SIDO SU OBRA MAESTRA?  

A los quince años, yo hice una obra maestra. Ya estaba en colegio, ya conocía las danzas, los bailes, la chonguinada, el huaylarsh, el cortamonte, el jalapato, así que todo eso hice con minuciosidad. Mi madre me requintaba: hijo, no hagas así tan bonito, ¿quién va a comprar eso? Yo le dije: vas a ver mamá, a cincuenta soles lo iba a vender.

 

¿Y LOGRÓ VENDERLO?

Llega a la feria, pasa un par de turistas, se quedan viendo, se acercan y le dicen a mi mamá: ¿ese trabajo es de usted? De mi hijo,  dice ella. Yo no podía ni hablar. Cuando estamos con la gente, somos un poco chunchos. Me preguntan el precio y yo les digo: treinta soles. Me chupé en el precio, señorita. Pero el turista dijo: yo pagaré cincuenta y otros cincuenta para el señor, como una propina. 

 

¿DESPUÉS DE ESOS CINCUENTA SOLES, ¿CUÁL HA SIDO EL PRECIO MÁS ALTO QUE HA COBRADO POR UN MATE?

Ahora, un trabajo bien terminado, está en un promedio de dos mil soles. El más caro que he vendido es de ocho mil, un trabajo de colección, muy fino, que compraron los norteamericanos. Muy poco ha quedado aquí en el Perú de mis colecciones. Todo a pedido.  Eso me ha satisfecho bastante en este trabajo, señorita.

 

¿SIENTE QUE LE FALTA MUCHO POR HACER CON SU ARTE?

Bastante. Últimamente da una satisfacción de vivir.  Hace muchos años me preguntaron: “Don Sixto ¿cuánto tiempo le gustaría vivir? Y les dije: mucho trabajo tengo y no acabaré, porque el año está ganándome. Yo tenía 30 años hace un tiempo y ahora ya llegué a 60. Yo le diría a la naturaleza, a Dios, que me dé 200 años más, pero lamentablemente no vamos a llegar a eso (risas).

 

A propósito, ganó el premio al adulto mayor, pero se le ve enterito…

 

Siempre me lo han  dicho y, realmente, el espíritu del arte nos conserva. Ya paciencia. Mi madre decía: cuando hay un resentimiento, un dolor, una pena, primero que pase todo para hacer este trabajo.